Con motivo del inicio de la Semana Santa de 2026, traigo hoy un documento de la ciudad, que nos permite vislumbrar no solo el carácter folklorico popular de la fiesta para la ciudad de los Cerros, sino también una dimensión más política y social. Nos referimos al Plan de Evagelización desarrollado por las cofradías para un año tan crucial como 1975.
El catolicismo ha constituido una pieza clave en el desarrollo cultural de los pueblos de España en diversas dimensiones. No en vano la Monarquía se entitulaba como «católica», y la propia defensa de esta rama del cristianismo se convirtió en un eje central en el desarrollo de la política exterior hispánica de los siglos XV al XVIII. Ya hemos comentado en otras entradas los conflictos con entre el Estado y la Iglesia en el siglo XIX, así como las contradicciones existentes dentro de esta última institución con los cambios sociales que supuso la implantación paulatina del capitalismo como sistema económico y la sociedad de clases como modelo social. El desarrollo del anticlericalismo liberal y la aparición de las ideologías socialistas revolucionarias desgajó a un significativo sector de las clases medias y populares de la relación directa con la Iglesia. Esta por su parte, dio respuesta a estas problemáticas, articulando la Doctrina Social de la Iglesia, y poniendo en marcha el sindicalismo católico de carácter interclasista, intensificándose su presencia en las dos primera décadas del siglo XX. La cuestión religiosa fue uno de los factores de polarización del país en los años treinta, con un incremento de los ataques anticlericales por parte de las clases medias liberales y el movimiento obrero
Con la Guerra Civil, y la identificación de la institución eclesiástica con el bando sublevado, se produjeron importantes cambios en la relación iglesia-estado. El nuevo régimen se proclamaba nacional-católico, y una gran parte de sus apoyos sociales provenían de las redes de socialización del cristianismo español. En primer lugar, el franquismo encuadró el sindicalismo católico en la Central Nacional Sindicalista, conocida como sindicato vertical. En segundo lugar, se otorgó a la iglesia de un importante rol social, relacionado directamente con espacios como la educación o la censura cultural, además de privilegios con respecto a el derecho de reunión y asociación. El exacerbado anticlericalismo en durante la guerra, dio paso a una «recatolización» de la sociedad, apoyada por las nuevas autoridades. Existía una voluntad de reparación de la religiosidad tras los fuertes ataques a iglesias, además de utilizar la religiosidad popular como un mecanismo de control social.
El asociacionismo católico eclosionó en la postguerra, con la recuperación de las cofradías de Semana Santa, conjuntamente con otros grupos de religiosos que asumían labores culturales y sociales. Existieron campañas de evangelización en el mundo obrero con el objetivo de penetrar en segmentos sociales que se consideraban hostiles por sectores de la Iglesia. También las agrupaciones religiosas se convirtieron en espacios de socialización destacada durante los años cuarenta y cincuenta. Cofradías, asociaciones de damas, organizaciones benéficas, etc., tuvieron un crecimiento sin precedentes, solo comparable a la aparición del primer catolicismo social a principios de siglo XX.
A principios de los sesenta comienza a abrirse un debate en el seno de la Iglesia Católica, con la celebración del Concilio Vaticano II (1962-1965), que introdujo cierta apertura a nuevas formas de expresión de la fe cristiana. El impacto de las teologías de la liberación, de nuevas formas de mística y espiritualidad, permitió cierta modernización del catolicismo. La irrupción de fenómenos como las comunidades de base o los curas obreros, más cercanos a corrientes de izquierda confesional tuvo impacto en la Iglesia española, con el compromiso con el «evangelio vivo» a través de activismo social de decenas de seglares y sacerdotes. Muchos de ellos acabaron militando en las filas del antifranquismo motivados por su interpretación de la fe.
El documento que nos ocupa es justo en el cambio entre la dictadura y la democracia, y nos permite apreciar el posicionamiento de una de las principales organizaciones religiosas de la ciudad, que es la propia Agrupación de Cofradías, fundada en 1954. Atendiendo a lo que plantea Pedro Mariano Herrador, existieron desde principios de siglo XX relaciones entre las cofradías, que se vehicularon a través de la Junta Central de Hermandades. Tras la Guerra y por la desaparición de una parte importante del patrimonio procesional, se conforma la Junta Local Pro-Cofradias a principios de los cuarenta, y que allanará el camino en la formación de la Agrupación en 1954. En el documento se propone como un plan de intervención y una guía para el cofrade en el desarrollo de su fe para el año 1975, explicitando las razones de su evangelización y una propuesta moral y vital.